Sobre el enfoque de Hüseyin Kaçın ("Jusein Kachin")
Hüseyin Kaçın, psicólogo en Estambul (Turquía), ha desarrollado un enfoque terapéutico que busca explorar, desde una perspectiva psicológica y familiar, las raíces de las experiencias homosexuales y acompañar a quienes, por decisión propia, desean cambiar su manera de vivir su sexualidad. Su propuesta pone el acento en las experiencias de la infancia, los vínculos familiares, los conflictos de identidad y las heridas emocionales que pueden haber marcado la historia personal de cada individuo.
El texto que sigue expresa, en un lenguaje íntimo y profundamente metafórico, algunos de los elementos centrales de esta perspectiva terapéutica.
Renacer a través de la terapia
La terapia orientada a superar la homosexualidad desde sus raíces es, ante todo, el intento de devolverle la vida al niño que murió dentro de ti.
La historia comienza en la infancia, cuando descubres que hay algo diferente en ti. En la escuela, tus compañeros empiezan a notar ciertos comportamientos que consideran femeninos. Llegan las burlas, las palabras que te humillan, las que poco a poco te hacen sentir que vales menos. Y desde entonces empiezas a sentir que tienes que luchar cada vez más contra ti mismo.
Cuando descubres tu orientación sexual, empiezas también a mirar de otra manera aquellos comportamientos que antes no comprendías. Ahora los interpretas como señales de tu homosexualidad. Y es entonces cuando empiezas a construir un personaje para protegerte. Al principio te cuesta interpretar el papel de un hombre heterosexual, pero poco a poco terminas creyendo que tienes que acostumbrarte a vivir de esa manera.
Cuanto más tiempo pasas interpretando ese papel, más fuerte se hace la voz del niño que llevas dentro: tu verdadero yo. Sales al mundo convertido en un personaje y, cuando vuelves a casa, vuelves a ser tú. Entonces aparece la culpa. Sientes que estás traicionando a ese niño que sigue gritando dentro de ti.
Con el tiempo, empiezas a pensar que tienes que hacerlo callar. Y es precisamente entonces cuando la voz de tu madre comienza a resonar cada vez con más fuerza dentro de ti. Al intentar matar al niño que llevas dentro, buscas refugio en esa voz. Terminas haciéndote amigo de tus propios miedos y enemigo de tu propia infancia.
Cuanto más destruyes a ese niño interior, más hábil te vuelves interpretando el personaje que has elegido. Pasan los años y, poco a poco, dejas de ser tú mismo. Hasta que un día descubres que te has convertido en tu propia madre. Y así, paradójicamente, aquello que intentabas ocultar termina echando raíces cada vez más profundas en tu identidad.
Cuanto más te alejas de quien eres, más difícil se vuelve enfrentarte contigo mismo. Entonces aprendes a convivir con la soledad incluso estando rodeado de gente. Te refugias en tu propio rincón y construyes allí un mundo al que nadie parece poder llegar.
Pero llega un momento en que te cansas de interpretar ese papel.
El cuerpo sigue en pie, pero sientes que por dentro algo ha muerto. Los días pasan y el alma parece apagarse poco a poco. Hasta que finalmente comprendes que no puedes seguir viviendo de esa manera. Te das cuenta de que esa alma que ha ido muriendo lentamente también amenaza con arrastrar consigo al cuerpo.
Y entonces tienes que elegir.
Puedes aceptar esa forma de vida y continuar buscando en las relaciones sexuales una manera de cubrir tus heridas y esconder tu dolor; o puedes buscar otro camino y tratar de reconstruir una identidad con la que puedas sentirte en paz.
Uno de los grandes callejones sin salida en los que pueden caer algunas personas homosexuales es pensar que sus relaciones sexuales responden únicamente al deseo o al placer. Sin embargo, desde esta perspectiva terapéutica, se plantea que, en determinados casos, la sexualidad también puede convertirse en una forma de protegerse del dolor interior.
Personas como yo también podemos elegir otro camino: el de la terapia.
Sí, la terapia exige asumir una responsabilidad mucho mayor. Vivir de forma pasiva puede parecer más fácil, pero sentarte frente a tus propias heridas y atreverte a mirarlas a los ojos exige, créeme, mucho más.
Y es precisamente ahí donde comienza este proceso terapéutico: en intentar devolverle la vida al niño que murió dentro de ti.
Ese niño tiene que volver a vivir. Tiene que recuperar su voz. Tiene que poder pedir cuentas a sus padres y rebelarse contra aquello que considera injusto. Tiene que dejar de ser una víctima silenciosa.
Cuando empiezas a devolverle la vida, descubres también el resentimiento que ese niño guarda hacia ti. Porque en el pasado no estuviste de su lado. Elegiste ponerte del lado de tu madre. Lo miraste como si fuera tu enemigo.
Pero durante la terapia ocurre algo diferente. Empiezas a comprender que ahora estás de su lado. Y cuando ese niño descubre que ya no está solo, tú también empiezas poco a poco a hacer las paces contigo mismo y puedes continuar tu camino.
Cuando finalmente empiezas a aceptar quién eres, te atreves a enfrentarte al mundo entero. Y entonces empiezas a descubrir, una tras otra, las heridas y la rabia que llevabas acumuladas durante años.
Miras con ira a una sociedad que te enseñó a esconder y silenciar al niño que llevabas dentro. En la terapia permites que toda esa rabia salga. La expresas, la reconoces, la dejas atrás. Y, por primera vez en mucho tiempo, puedes respirar profundamente.
Es entonces cuando comienza la verdadera sanación.
Empiezas a comprender que tu propia experiencia puede convertirse también en un espejo que muestre a la sociedad sus propias sombras, sus propias heridas y aquello que durante tanto tiempo se negó a mirar. Y entonces encuentras tu propia voz.
Hasta que llega el día en que finalmente puedes decir:
«Ahora soy yo.»
Y ese día comprendes que tu terapia ha llegado a su fin.
Te pones la chaqueta y sales.
Primero, de la consulta.
Después, del hogar materno.
Y, finalmente, hacia una nueva vida.
Comienzas a construir tu futuro profesional. Das pasos firmes hacia delante. Dejas atrás la oscuridad del pasado y avanzas de la mano de la luz del futuro.